Por Kalaf Epalanga* (Rede Angola)

de saltos¿Qué lugar es ese, que nosotros los negros ocupamos en la mente de la humanidad? Para muchos no pasamos de datos estadísticos, esto es, somos un número abstracto con el cual nadie sabe muy bien cómo lidiar, ni nosotros mismos. Somos millones, sin rostro, sin nombre, una masa de gente desesperada a la deriva en el mar mediterráneo de camino al infierno.  Unas decenas, unas centenas, en una villa remota, en una sala de clases, en cualquier ciudad de este vasto continente que aparentemente nadie ve, ni siquiera los que habitan en él.  Somos millares de cuerpos en una tierra bendecida, forzados a lidiar con su propia invisibilidad.  Incapaces de reconocer tanto el cuerpo que habitamos como el de aquellos que nos son próximos, a escasos metros inclusive, curvado en el suelo y a gritos, ojos salientes y a la espera del último golpe de catana que el brazo igual al suyo irá a despedir.   Aquel golpe fatal, no sólo mutila, mata, anula toda o cualquier resto de esperanza en la humanidad.

Si miramos de cerca, la diferencia entre víctima y victimario es tan ínfima, que si nos distrajésemos seríamos capaces de concluir que el número de tragedias e injusticias que hemos venido a catalogar, por lo menos, desde el fin de la colonización europea hasta el día de hoy, podrían ser entendidas como fruto de una serie de caprichos geográficos y religiosos. Pero no, el problema es que nadie sabe qué hacer con nosotros, ni los que nos guían espiritualmente ni los que nos gobiernan, ni muchos menos nosotros como grupo.  No sabemos o que se espera de nosotros.  África parece ser una de aquellas novelas con potencialidad pero inconsistente.  Todo porque el protagonista principal, por más bien intencionado que sea, no consigue traducir de forma clara sus motivaciones, mientras que todos los otros personajes secundarios, luego n las primeras páginas, nos revelan a lo que vienen.  Europeos, americanos, rusos, chinos y hasta los cubanos, siempre fueron claros en cuanto sus motivaciones, sólo nosotros, los africanos, tartamudeamos cuando nos preguntan que esperamos de este continente.

La historia de los negros, así como la historia de la humanidad, no es bonita.  Algunos de nuestros líderes pensadores más iluminados, valerosos, audaces o incluso alucinados, si lo prefieren, fueron incapaces de esclarecer lo que significa ser africano, ser negro y en algunos de los casos, para los más equivocados, lo que significa tener una tez más clara, o ser blanco en el continente cuna de la humanidad.  Si dejásemos de lucrar con la ceguera colectiva a la que nos sujetamos, aun en algunos casos de forma inconsciente, podríamos aprovechar el fuego que nos quema por dentrocuando nos vemos delante de más de una tragedia africana.  Y comenzar, quien sabe, a examinar los mitos que hemos venido perpetuando voluntaria o involuntariamente sobre África y su pueblo a la luz de los nuevos pilares ideológicos que servirán para sustentar el futuro de la humanidad.

Kalaf Epalanga.  BENGUELA, 1978.  Músico de Buraka Som Sistema.  Publicó “Estórias de Amor para Meninos de Cor” y crónicas en varios periódicos.

Traducción: Bárbara Igor (MisosoAfrica)

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