Congo Belga (RDC) ¿Un holocausto olvidado?

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Por Misosoafrica

Fotografía: Mboka Descartes

En los últimos días, y en el marco de las manifestaciones en repudio del asesinato del estadounidense George Floyd a manos de un policía en Mineápolis, han sido recurrentes en la prensa los reportes de disturbios en los que estatuas son vandalizadas por furiosos manifestantes.  Entre ellas, la estatua de Leopoldo II en Bruselas, cuya vandalización ha hecho resurgir su nombre entre las nuevas generaciones y, con ello, una discusión en torno a su repudiable figura y legado.

Fue así como, fisgoneando a través de Facebook, di con una sencilla encuesta realizada por un usuario, en donde interrogaba a sus contactos belgas.  La pregunta: qué aprendieron sobre Leopoldo II y el genocidio congoleño en sus años de escuela.  Siendo el colonialismo una cuestión candente, las respuestas no se hicieron esperar.  Y para mi sorpresa, la mayoría de los usuarios coincidieron en que el genocidio no fue materia de estudio en sus escuelas, en tanto que una minoría creyó haberlo estudiado, pero sus recuerdos eran vagos.  Entre la decena de comentarios sobresalía el de un usuario que aseguraba haber aprendido en la enseñanza primaria (hacia el año 1991), sobre la generosidad de Leopoldo II, la que se dejó ver en la donación de su posesión personal – en referencia al territorio africano – al pueblo belga.

También en la encuesta, un profesor de secundaria, en ejercicio activo, reconoció haber incluido el genocidio congoleño en su clase de historia, pese a no formar parte de la malla curricular.

Como era de esperar, la conversación se desvió hacia asuntos relativos a la vandalización del patrimonio y la importancia de mantener las estatuas para el ejercicio de la memoria colectiva, pero acompañadas de una cartera en la que se especifique la biografía del representado.  Un usuario fue más allá en su propuesta y recalcó la necesidad de incluir la fecha de construcción en los monumentos exhibidos en lugares públicos, así como los nombres de las instituciones que los financian.  Ésto último, con el propósito de transparentar la intención tras el monumento, puesto que, la mayoría de ellos han sido instalados para promover algún tipo de ideología.

Cerrando la discusión, uno de los usuarios intentaba matizar, dando a ver las complejidades que el tema entraña, más aún cuando existiría una diferencia considerable entre el período en que Leopoldo utilizó el Congo Belga como una posesión personal y aquel otro período en que, bajo la presión internacional, el territorio fue anexado a Bélgica, en 1908. Según se desprende del comentario, en cada familia belga parece haber una estrecha relación con el pasado colonial, bajo la forma de algún pariente que trabajó en pos de la colonia africana, con verdadera dedicación, siendo, inclusive, extendida la idea de que fue gracias a Leopoldo II y sus colonos, que la civilización llegó a esas tierras remotas, de poblaciones primitivas. Es más, el subterfugio de Leopoldo II para sostener su bárbara incursión, fue el de que se proponía salvar a la población autóctona de la tiranía del esclavismo árabe.

Viendo la prosperidad de un país como Bélgica, no es difícil entender que sus ciudadanos tengan opiniones encontradas frente a la controvertida figura real.  Y es que, en base al expolio de recursos naturales y humanos, Leopoldo II financió una serie de obras públicas que hoy en día son un orgullo para los belgas y polos de interés turístico y patrimonial, como son el Parque Cincuentenario de Bruselas o los invernaderos y el palacio de Laeken.

El monumento ecuestre de Leopoldo II, que fuera creado por el barón Thomas Vinçotte en el año 1914, para ser inaugurado en 1926, ha sufrido atentados anteriores, como el del año 2008, cuando el escritor Téophile de Giraud lo cubrió de pintura roja. Con todo, aquel acto no tuvo más consecuencia que la detención del escritor a manos de la policía.

Una réplica exacta del monumento puede apreciarse en el Parque Presidencial Mont-Ngaliema de Kinsasa.  Pero este monumento, sin jamás haber sido vandalizado, ha padecido un periplo de reubicaciones a partir de 1967, cuando fue retirado del frontis del Palacio de la Nación, por orden del mariscal Mobutu Sese Seko.  Treinta y ocho años más tarde y por iniciativa de Joseph Kabila, la estatua reapareció en el Boulevard 30 de junio, lugar en donde se mantuvo por apenas 24 horas.

El tema, ciertamente, es complejo y la vandalización de los monumentos, entendida como un gesto simbólico, parece haber servido, en el caso de Bélgica, para despertar las conciencias y exigir una disculpa a todos quienes han mantenido un mutismo cómplice frente al genocidio y la expoliación, y que, a juicio de los manifestantes, no son otros que sus representantes políticos y los propios herederos de Leopoldo II, el rey que nunca puso un pie en su propiedad privada.

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