Mucho más que moda pasajera, los tejidos de Malí cargan una rica simbología capaz de descifrar el alma de los pueblos ancestrales. Flecos que evocan a la lluvia, el trazo que señaliza un buen camino, la flecha que alerta contra personas deshonestas… En este país el ovillo de significados es infinito.

Por Marie Ange Bordas.

Hablar de tejidos en la África occidental, significa mucho más que hablar de moda o artesanía: es un camino para descifrar costumbres locales y comprender un poco más de la intrincada historia de cada lugar. En la raíz de la cultura textil oeste africana, está la tejeduría, técnica dominada por las antiguas civilizaciones desde el siglo 9, mucho antes de la llegada de los europeos. Cuando desembarcaron en la costa del actual Senegal en el siglo 15, los portugueses quedaron estupefactos al ver que los “salvajes” no sólo cultivaban y tejían el algodón, si no que también lo teñían de azul intenso. El azul del índigo luego se convertiría en materia prima disputada por los europeos, así como lo fueran las tiras de algodón, tejido utilizado como moneda de cambio hasta poco tiempo después de la segunda guerra mundial.

Segundo mayor productor de África (después de Egipto), Malí tiene una tradición textil que se remonta a más de mil años, cuando casi todas las mujeres sabían hilar y la mayoría de los agricultores tejían en sus horas libres.

Tejer tiene significados rituales y mitológicos. Para el pueblo dogón, el lenguaje es indisocible del tejer. El término sou por ejemplo, significa palabra pero también una faja de tejido que sale del telar. Para ellos, estar desnudo, es estar sin palabras.

Segunda Piel

El primer destino es el taller Ndomo, centro de formación y creación en teñido natural, fundado por el artista Boubakar Doumbia en la ciudad de Segou. El taller es construido en banco, mezcla de tierra, paja y un poco de aceite de karité, extraído del árbol del mismo nombre) para dejar la estructura impermeable. La entrada ya traduce la filosofía del negocio: coronando la puerta hay cinco columnas adornadas con caracolas. Ellas representan la máscara Ndomo y hacen alusión a los 5 dedos de una mano que es capaz de transformar la materia prima en riqueza.

Ndomo también es el nombre de la primera fase de iniciación por la que pasan los jóvenes bambara a partir de los 7 años para aprender a vivir en sociedad.

Significando literalmente “hecho con tierra”, el bogolan (bogo=tierra) es la atracción principal del taller. Ese nombre terminó por ser asimilado como el tejido acabado, pero la verdad es que designa el diseño hecho con barro rico en óxido de fierro, aplicado sobre tejidos teñidos con tinturas vegetales, como el Basilan. Según la tradición, ese teñido con plantas que son también medicinales (basi=curar), da al tejido no sólo bellísimos tonos de ocre, marrón y amarillo, pero también propiedades curativas. Con alta concentración de tanino, las plantas utilizadas son fijadores naturales, lo que garantiza a los tejidos un color que nunca desaparecerá. El proceso es largo. Las hojas del N’galama y del Cangara y las cascaras del N’péku son secas al sol y peladas para luego ser hervidas o puestas en remojo para soltar su color.

Con el baño listo, las fajas del tejido son sumergidas y puestas al sol varias veces, dependiendo de la tonalidad deseada. Terminado el teñido, se pasa al Bogolan, el diseño con barro recogido en el lecho de los rios y guardado en jarros cerrados por tres semanas.

Hoy en día, son principalmente hombres los que realizan el trazado de los motivos (llamados binye) en el taller Ndomo. Ellos entraron en el ramo durante los años 80, cuando el tejido tuvo éxito internacional en el mercado de la decoración y del turismo. Pero tradicionalmente, esa era una tarea exclusiva de las mujeres. Ellas siempre retuvieron no sólo los secretos de la arcilla, como el vocabulario simbólico de los motivos: cada uno de ellos significa un valor, un mensaje pasado entre generaciones, sobre todo por medio de los ajuares.

A continuación, algunos de los diseños más característicos:

Céfarin jala: literalmente, la cintura del corajudo. Simboliza la bravura o la fecundidad

Dankun: cruce de dos caminos. Evoca un sacrificio por otras personas

Falifereke: la imagen representa animales domésticos presos. Es un símbolo de inmovilismo.

Juru sarabali ka sira: zig-zag, el camino tomado por quien no quiere pagar sus deudas.

Kalabanci ka sira: camino hecho por el impostor, aquel que finge ser quien no es.

Kolon kisèso: la casa de las conchas (o monedas). Es el lugar donde se guarda la fortuna.

Bunteni ku: la cola del escorpión, siempre asociada a personas deshonestas, traicioneras.

Aferrados a la idea de una comunicación estrictamente femenina, se concreta un encuentro con Madame Pakarsa Traoré, fundadora de la cooperativa Bogolan de Djenné. Fundada en el siglo 9, abriga una de las más impresionantes mezquitas africanas, símbolo del islamismo tolerante de Malí. Declarada Patrimonio Mundial por la Unesco, la Gran Mezquita es sólo una de las señales visibles de la importancia de la ciudad para el mundo islámico. Lo otro menos evidente, puede ser percibido de mañana, al recorrer los tortuosos pasajes de la vieja ciudad: es la hora en que los niños frecuentan las madrassas o escuelas coránicas. Sentadas a la sombra de los edificios, ellas se concentran en escribir en sus tableros de madera los versos del Corán.

Embriagados por la misteriosa ciudad de fachadas impenetrables y laberínticas calles sorprendentemente vacías, se siente un gran alivio al subir hasta el tejado de la cooperativa y permanecer al aire libre. Desde allí la vista de la ciudad impresiona. Es en los patios y en los tejados que la vida acontece cuando el sol no brilla inclemente. Las mujeres cocinan, lavan ropa, los niños juegan… Protegidos del calor en un pequeño nicho, tomamos el té mientras Madame Traoré explica que los tejidos teñido absorben las virtudes de las plantas terapéuticas y por lo tanto, son protectores, una segunda piel que cubre y protege el cuerpo, en momentos cruciales a lo largo de la vida, como el nacimiento, la menstruación, la circuncisión de los niños y la mutilación genital de las niñas en algunas etnias- según varios estudios científicos, la planta N’galama tiene alto poder cicatrizante.

El trabajo de las maestras del trazo llamadas binyetigi es delicado. No existe margen de error. Con una pequeña espátula de fierro y un bastón de madera, ellas van delineando trazos de arcilla que, después de lavados, quedarán negros e indelebles. Sosteniendo un palito de madera, el hijo de Madame Traoré traza los motivos en el suelo, mientras ella explica sus significados: un trazo significa tomar un buen camino en la vida; dos trazos, evite tomar dos rumbos al mismo tiempo; una flecha, no sea deshonesto; una “X”, Dankun, la encrucijada que simboliza el sacrificio para los otros; un círculo con un punto, Kolon Kisèso, el lugar de la fortuna; el zig-zag, el camino de aquel que no quiere pagar sus deudas; el Suraka taasira, el paso del camello, símbolo del viaje… Y la lista sigue en un extenso inventario de consejos y valores pasados de generación en generación.

De Djenée partimos a Mopti, capital de la sub-región y punto estratégico para el turismo regional. La Venecia de Malí nos recibe con un día caliente, un fuerte olor a pescado y vendedores insistentes. La confluencia del Río Níger con su afluente Bani, Mopti es el más importante puerto de la región. Aquí llegan las pinasses, embarcaciones cargadas de cebollas del país Dogon, arroz del Delta del Níger, barras de sal de Tumbuctú, carneros y pescado.

Hombres y mujeres dividen las tareas de diseño, tejido y teñido.

Después de encomendar el traje a boubou de mangas largas, a un sastre callejero, partimos camino al mítico país Dogon. ¿Cómo introducir a quien aun no conoce la fascinación que él ejerce en los occidentales hace un siglo? ¿Hablar de la arquitectura impar de las pequeñas villas suspendidas en los acantilados, hablar de un pueblo que hacen décadas encanta a etnólogos por haber mantenido su cultura en un país 90% musulman? ¿Hablar de su fascinante cosmología, la ciencia que trata de la estructura del universo donde sexo, lenguaje y tejeduría se mezclan en un bordado extraño y poético? Hablar de la historia de un pueblo que atravesó el Níger para instalarse en ese acantilado poco acogedor…

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el país Dogón se extiende alrededor de los 200 kms del Acantilado de Bandiagara, en el Este del país. La región alberga 250 mil personas viviendo en casi 420 villas repartidas en tres paisajes distintos: planicie, la meseta y el acantilado propiamente dicho. Una geografía que determinó el desolamiento y aislamiento de este pueblo por siglos, no sólo protegiéndolo de sus enemigos, sino que también dando guarida a costumbres y tradiciones.

Tejedores en el acantilado

Llegar al país Dogón es como llegar a otro mundo. La carretera es mala, larga y complicada. Aun así, a cada kilómetro que pasa, a cada conversación de orilla del camino, en cada población, la sensación de estar entrando en otra dimensión sólo aumenta. La primera visión de las antiguas habitaciones Tellem, incrustadas en el acantilado, da una impresión surrealista. Como celdas de una colmena, decenas de construcciones en forma de torres, hechas de minúsculos ladrillos, parecem confundirse con la piedra ocre del acantilado. Cuenta la leyenda que los Tellem, pueblo casi pigmeo que habitaba la región antes de los dogones (entre los siglos 11 y 13), tenían poderes mágicos que les permitían elevar ladrillos por las alturas.

Con el cielo estrellado como techo y el suelo de una terraza como cama, descansamos en la villa de Sangha, donde aprendemos un poco más. Como varias otras actividades entre los dogones, tejer es una manera visible para hablar de lo invisible. En prácticamente todas las villas, los tejedores forman parte del paisaje solos o en grupo, pedaleando en sus telares, mascando nuez de kola cercados por fajas de algodón, que se enrollan y se acumulan en largos rollos. Entre los dogones, las mujeres hilan, los hombres tejen y las mujeres tiñen… hilan, tejen, tiñen, cosen.

Azul, color de los sueños, de calma, de paz. Azul que evoca viajes, encuentros, despedidas. Azul del índigo, índigo del país Dogón.

Para llegar hasta las tintoreras es necesario escalar el acantilado de 600 metros. Aminata, Adama, Fumata, Amagara, las mujeres de Ondougou, están sentadas en un patio costureando o cortando los hilos de los tejidos ya teñidos. Todas están vestidas con sus coloridos boubous, que contrastan con el ocre del paisaje y con la sensatez oscura del índigo. Hoy los tejidos tradicionales en índigo son más usados en ocasiones especiales, o como pagnes (pareos) amarrados a la cintura como pollera.

Djeneba Babara muestra el proceso de teñido. Al lado de sus canaris (caldera de barro), repletos de la tintura del índigo, sus manos teñidas de azul son el testimonio de que, en ese pedazo del país Dogón, el teñido vegetal no cedió lugar al químico. Señal de los tiempos: para acelerar el proceso y garantizar un azul más intenso, ellas incluyen una mezcla sintética al índigo vegetal.

Madame Napo muestra un antiguo echarpe azul con largas franjas y explica que la pieza envía a los cielos un pedido de lluvia, mientras más largas las franjas, más lluvia se pide. Dicen las más ancianas que antiguamente, la mujer menstruando no podía teñir con índigo y, si quería que el proceso tuviese éxito, no debía mentir a su marido. Los hábitos cambiaron, principalmente con la islamización de la comunidad y con el intercambio con otros pueblos. Pero sentadas en grupo, hilando el algodón al son de animadas conversaciones, Aramata y sus amigas perpetúan la palabra, sea ella del paño o de la voz, la trama de la vida.

Fuente: Marie Claire pelo mundo.

Traducción y edición de textos: Bárbara Igor

Los textos fueron “despersonalizados”. Siendo narrados en primera persona en português, esta adaptación elimina datos anecnóditcos considerados no informativos.


Gentileza de nuestro amigo y colaborador Carlos Souza (Brasil/RJ)

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