Manual Práctico de Levitación

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Por José Eduardo Agualusa.

No me gustan las fiestas. Detesto la conversación insulsa, el humo, la alegría artificial de los borrachos. Me irritan más aún los platos de plástico. Los tenedores de plástico. Los vasos de plástico. Me sirven conejo asado en un plato de plástico, me obligan a comer con un tenedor de plástico, con el plato en las rodillas porque no hay sitio en la mesa e inevitablemente se rompe el tenedor. La carne salta y me cae en los pantalones. Derramo el vino. Lo mismo ocurre con el odioso conejo. Hago un esfuerzo enorme para que nadie se fije en mí, pero siempre hay una mujer que, en un momento dado, me tira del brazo, ¿bailamos? Y allá voy, hecho polvo, aturdido por la estridencia de los perfumes y el volumen de la música. Terminada la canción, un tanto humillado porque, lo confieso, soy muy patoso, me sirvo un güisqui con mucho hielo, pero después alguien me sacude, ¿cómo andamos, chaval, estás de malas?, y yo, que no, tratando de sonreír, tratando de reír a carcajadas, como el resto de la chusma, ¿de malas? ¿por qué iba a estar de malas?, me llama el deber de la alegría, grito, allá voy, allá voy, y regreso a la pista y finjo bailar, finjo pasármelo bien, girando a la derecha, girando a la izquierda, hasta que se olviden de mí. Aquella noche, casi me habían olvidado cuando me fijé en un sujeto alto, todo vestido de blanco, como um lirio, melena blanca suelta hasta los hombros, que rondaba, sombrío, los canapés de bacalao. El hombre parecía estar allí por equivocación. De repente me pareció tan desamparado como yo. Podía ser yo, excepto por la ropa, ya que evito el blanco. El blanco no es muy apropiado para mi negocio. Y menos aún los colores chillones. Obedezco al lugar común: visto de negro. Me acerqué al hombre, con la solidariedad del naúfrago, y extendí la mano.

-Soy Fulano- dije. – Vendo ataúdes.

La mano del hombre (entre la mía) era suave y pálida. Sus ojos tenían un brillo oscuro, vago, como un lago de noche, iluminado por la luz de la luna. La mayoría de las gente no puede ocultar el choque, o la risa, depende de las circunstancias, cuando oyen la palabra ataúdes. Algunos vacilan: ¿laúdes? No, corrijo, ataúdes. El sujeto, sin embargo, permaneció imperturbable..

-Ningún nombre es verdadero -, me respondió con un marcado acento de Pernambuco. – Pero puede llamarme Emanuel Subtil.

– ¿Y a qué se dedica?

– Soy profesor…

– ¿Ah sí? ¿Y de qué?

Emanuel Subtil sacudió su melena con un movimiento distraído:

– Doy clases de levitación.

– ¡¿Levitación?!

– ¿Levitación, sabe?, fenómeno psíquico, anímico, mediúnico, en el que una persona o una cosa se levanta por sí sola sin un motivo visible, debido solamente al esfuerzo mental. La mente mueve fluidos ectoplásmicos capaces de vencer la fuerza de la gravedad. Yo enseño técnicas de levitación. Sin alambres ni trucos sucios.

– ¡Interesante! ¡Muy interesante! -, respondí, tratando de ganar tiempo para pensar. -¿Y tiene muchos alumnos?

El hombre sonrió con gravedad. Lo cierto es que no, dijo, hoy en día hay poca gente interesada en levitar. Son malos tiempos. El triunfo del materialismo ha llegado a corromper todo. Escasean las vocaciones para las obras del espíritu. Las vocaciones y la fuerza mental – sugerí tímidamente. Sí, confirmó Emanuel Subtil, sacudiendo otra vez su magnífica melena blanca, y la fuerza mental. La gente prefiere vivir con los pies firmemente en la tierra. ¿Y él levitava?, quisé saber yo. Es decir, ¿practicaba con frecuencia ese arte olvidado? Emanuel Subtil sonrió absorto:

-No hay día en que no practique. Levitar, señor mío, es el ejercicio más completo. Cinco minutos de suspensión, por la mañana temprano, al amanecer, estimula todos los órganos vitales y regenera el alma.

A veces hasta levitaba sin darse cuenta. Me contó que San José de Copertino, que vivió entre 1603 y 1663, sufría ataques de imponderabilidad siempre que se emocionaba. A eso le llamaba, con terror, -mis vértigos-. Un domingo, durante la misa, se alzó en el vacío y durante varios minutos flotó en trance sobre el altar, en medio de las llamas de las velas y los alaridos de las beatas, resultando gravemente quemado. La iglesia lo expulsó, por 35 años, de todos los ritos públicos a causa de estas prácticas extravagantes, pero ni siquiera eso impidió que se propagase su fama. Una tarde cuando el santo paseaba por los jardines del monasterio en compañía de un monje benedictino, fue súbitamente arrastrado hasta las ramas más altas de un olivo por un golpe de viento. Desgraciadamente le pasaba lo mismo que a los gatos o a los globos, era propenso a subir, no a descender, de modo que los monjes habían tenido que rescatarlo con la ayuda de una escalera. Murmuré cualquier cosa sobre la vocación mística de los olivos, la tendencia que demuestran, desde hace años, a acoger a santos y demiurgos. Emanuel Subtil, no obstante, ignoró mi observación. El caso de San José de Copertino, explicó, le servía solamente para ilustrar los peligros a los que se enfrenta un aficionado, por mucho talento que tenga, al practicar el arte de la levitación sin estar acompañado por un maestro:

– ¿Le ofrecería un Ferrari a un niño? ¡Claro que no!

Le di la razón. Está claro, ¡por amor de Dios!, no lo pondría ni en mis manos.

– Levitar no es para cualquiera, – prosiguió Emanuel Subtil recalcando las palabras. – Levitar exige fé, perseverancia y algo más: responsabilidad. ¿Quiere probar?

Y entonces expuso sus condiciones. Trescientos reales al mes. Cuatro veces por semana. Una hora cada sesión. Naturalmente, añadió, sería imposible ver resultados antes de tres a cuatro meses.

– ¿Y si no obtuviese resultados?

Emanuel Subtil me tranquilizó. En tres meses, con un buen tutor, hasta un elefante consigue levitar. Pero aunque demostrase ser tan mal levitador como bailarín (sólo entonces me di cuenta de que me había estado observando toda la noche) él mismo me daría un empujón. Citó el caso de un famoso médium inglés, Daniel Douglas Home, que en los años treinta desafiaba la tradicional flema británica haciendo flotar pianos e outros objectos pesados. Se dice que una noche llevó un buey al salón de un rico empresario y lo levantó en el aire. El buey estaba al nivel de las lámparas cuando, por distracción o una repentina pérdida de fé, le habían faltado las fuerzas (al médium), se habían roto los fluidos ectoplásmicos, y el animal se precipitó, con brutal fragor, sobre dos de las acólitas.

– ¿Murieron?

– ¿Qué le parece a usted? – Suspiró. – La historia de la aeronáutica está llena de tragedias, pequeñas y grandes, pero no por eso dejamos de viajar en avión.

Rechacé la invitación. La fiesta había terminado. Un viejo negro bailaba solo, con lágrimas en los ojos, ajeno a la música, por llamarle música, una mezcla de bocina de automóviles, ronca y exhausta y metales en convulsión. Dos chicas muy rubias, muy lánguidas, dormían abrazadas en un sofá. Yo no conocía a nadie. Nadie me conocía.

– Tal vez usted conozca a alguien que de clases de invisibilidad. En eso sí que estoy interesado.

Emanuel Subtil me miró con desdén. No respondió. Ya en la entrada, mientras escogía un paraguas discreto, de acuerdo con mi oficio, entre un gran montón, vi al brasileño que se abría paso a través del humo espeso y se sentaba en el sofá, junto a las chicas rubias. Le vi cerrar los ojos. Cruzar los brazos sobre el pecho delgado. Me pareció que sonreía. He conocido a gente un poco rara en estas fiestas. Hay de todo. Las ocupaciones más extrañas. Claro que sé que eso siempre depende de la perspectiva. Yo, por ejemplo, vendo ataúdes. Mi padre vendía ataúdes. Mi abuelo vendía ataúdes. Crecí con eso. Hasta lo encuentro prosaico. Reconozco que preferiría dar clases de levitación. Paciencia. Me consuela saber que la muerte es mejor negocio. Como decía mi abuelo – sólo me aflige una cosa: la imortalidad.

Texto extraído de LIBROADICTOS

José Eduardo Agualusa (13/12/1960) es natural de Huambo, Angola. Estudió Silvicultura y Agronomia en Lisboa, Portugal. Su familia es portuguesa por el lado paterno y brasileña por el lado materno. Casado, padre de dos hijos, sus libros son éxito de ventas en la lengua de origen y son traducidos en diversos idiomas. Es periodista y divide su tiempo entre Luanda, Lisboa y viajes a Brasil. Su novela “O vendedor de passados”, fue galardonada con el Premio de Ficción Estranjera, concedido anualmente por el diario inglés “The Independent”, en 2007.

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  1. hola! he estado buscando k fue lo k me sucedio hace casi 6 años me dedico a leer he investigar sobre nuestro verdadero origen y de kien es el creador del espiritu y un dia estando en mi depa sola como alas 12 o 1 del dia leyendo mi texto diario de la boblia en la sala en el piso,no profeso ninguna religion…me dio un poco de sue^o pero cuando vi estaba como a un metro despegada dela alfombra y empece agirar,mire hacia arriba y vi k giraba como iba el ventilador del techo o sea en contra de las manecillas del reloj,me asuste entoces empece agirar aun mas y mas rapido hasta k estaba en una entrada de una vecindad y subi las escaleras yentre en un cuarto donde estaba mi padre y mi hermano hace como 40 a^nos ellos no podian verme despues desperte y estaba en el piso igual boca abajo.Alguien podria explicarme k me sucedio??x favor tengo 44 anios

    • Amiga, lamentablemente no tengo las herramientas para ayudarte a entender lo que te sucedió, de todas maneras dejaremos aquí tu comentario por si alguien pudiera leerlo y dejarte algunas palabras.

      Muy interesante experiencia!

      Un abrazo desde Chile.

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