LA HISTORIA DE ELLA, QUE VIVIÓ TRES SEMANAS Y MEDIA COMO ESCLAVA SEXUAL EN LAS SELVAS DEL CONGO

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Por Carlos Pereira en Diário da África

Ella, de 19 años, con la hija de cinco meses amarrada en la espalda.


“Estuve hoy con el belga François Dumont, porta voz de la organización no gubernamental Médicos sin Fronteras (MSF) para el este de la República Democrática del Congo (RDC).

El me pasó algunos números de atención de la entidad en la provincia de Kivu Norte. Goma, donde estoy, es la capital.

Entre enero y octubre, el equipo de médicos de la entidad hizo lo siguiente:

1) más de 4.600 intervenciones quirúrgicas;
2) cerca de 172 mil consultas;
3) 27 mil pacientes admitidos en hospitales donde la entidad actúa;
4) tratados más de 7 mil pacientes con cólera;
5) realizados cerca de 850 cirurgías en pacientes con heridas de guerra;
6) tratados más de 3.200 casos de desnutrición;
7) vacunadas 19.900 personas contra la rubeola;
8 ) Atención médica a cerca de 5.700 víctimas de violencia sexual.

Vuelvo a revisar la relación de atenciones.  Un montón de números. Los números del ítem 8 me llaman la atención. Atención médica a cerca de 5.700 víctimas de violencia sexual.  No me dice nada,  o mejor,  no me dirían nada se no hubiese hecho lo que hice el domingo en la mañana.

Todo comenzó porque conocí a Mikal Hem, periodista noruego de 35 años que de casualidad estaba hospedado en el mismo hotel que yo en Goma.

El había llegado a Goma el viernes, un día después que yo, en un vuelo proveniente de Kinshasa. Vino con otros periodistas noruegos (si, aquellos que consiguieran la entrevista exclusiva con el general rebelde Laurent Nkunda sólo por el hecho de ser rubios, jóvenes, daneses y europeos) para cubrir la visita de uno de esos ministros noruegos que ahora no me acuerdo quién.

Le ofrecí llevarlo en el auto que arrendamos para el evento con Nkunda, el sábado, en Rutshuru. El aceptó, pero después dijo que tenía otras entrevistas que hacer y terminó no acompañándonos.

Volvimos a encontrarnos en el restaurante del hotel, el sábado en la noche, cuando volvimos de Rutshuru. Comenté que me gustaría entrevistar algunos niños soldado, pero que la Unicef me informó que, probablemente, no sería posible.  Los jóvenes están muy traumatizados y las ONGs encargadas de su recuperación quieren cuidarlos y evitar que revivan los horrores de la guerra en aquellas entrevistas que los periodistas disfrutan haciendo.

Mikal me dije que el domingo, entrevistaría algunos jóvenes que integran proyectos de recuperación y reinserción social promovidos por la Norwegian Church Aid en colaboración con otras entidades. Preguntó si me gustaría ir. Acepté.

Entrevistamos tres jóvenes.  Pero ahora voy a contar la historia de una de ellas.

La verdad, es la historia de un número. Probablemente, uno de aquellos 5.700 casos de víctimas de violencia sexual.

Hubo dos condiciones para la entrevista: los nombres de las víctimas no serían publicados y los rostros no serían mostrados.

Por eso no sabremos el nombre de ella, ni verán el rostro de ella.  Pero voy a contar su historia.  La historia de Ella, que vivió tres semanas y media como esclava sexual en las florestas de la República Democrática del Congo.

Ella tiene 19 años y nació en la villa de Katana.

En agosto del año pasado, soldados hutus que participaron del genocidio en Rwanda en 1994, y que todavía deambulan por las selvas de la triple frontera entre el Congo, Rwanda y Uganda, invadieron la población donde Ella vivía con su familia.

Mataron a su padre, amarraron a la  madre con las manos en la espalda y la dejaron bajo la mesa de la cocina. Ella y dos hermanos menores fueron llevados por la milicia, junto con otros jóvenes de la población.

Fueron obligados a transportar víveres y equipaje de los soldados.  Durante tres semanas y media, las mujeres del grupo fueron sucesivamente abusadas. Las violaciones eran hechas por soldados solos, en grupos.

Cuatro mujeres que se rehusaron ante los criminales fueron asesinadas y sus cuerpos dejados en la selva.

Al final de las tres semanas y media, las mujeres sobrevivientes fueron abandonadas en la selva.  Descalzas, semidesnudas, destrozadas en cuerpo y alma.  Los jóvenes fueron llevados para continuar  cargando el equipaje de los soldados.

Ella fue encontrada por moradores de la región y llevada de vuelta a Katana. Su padre ya había sido enterrado. Su madre desapareció.

sintiéndose sola, Ella partió en dirección a Goma.  En la ciudad, conoció a un profesor que la llevó a un centro de recuperación.

Poco tiempo después, Ella descubrió que estaba embarazada.

Ella no habla inglés ni francés, sólo swuaili. La entrevista cuenta con la ayuda de un interprete congoleño. Decido hacer una pregunta difícil.  Le aviso al intérprete que es una pregunta difícil.

Yo –  ¿Pensaste en abortar al bebé en algún momento?

Ferdinand, el intérprete, me mira a los ojos, respira hondo y baja el tono de voz antes de traducir la pregunta para swuaili.

Ella baja la cabeza.  Sus ojos se llenan de lágrimas. Habla para adentro.

No entiendo una palabra de lo que Ella dice en swuaili, pero la tristeza en su rostro es tan cortante que también me emociono. Es como una cicatriz que está condenada a cargar por el resto de su vida.

Antes de traducir, Ferdinand da un suspiro y dice:

FERDINAND – Es un poco difícil.

Y traduce.

ELLA – Si, pensé. Pero no sabía como hacerlo.  Cuando la bebé nació, me puse feliz porque era mi hija.  Pero no totalmente feliz por la forma, por el dolor con que ella fue concebida.

En breve, Ella tendrá una profesión poco común para una mujer: fontanera.

ELLA – Estoy feliz y soy agradecida por haber sido recibida aquí y por estar aprendiendo una profesión que me dará conocimiento y esperanza para reconstruir mi vida.

YO –  ¿Qué consejo  darías a las mujeres que pasan por lo que tu pasaste?

ELLA – Que no callen. Que busquen ayuda.

La hija de Ella tiene cinco meses. Estuvo parte de la entrevista amarrada a la espalda de la madre, enredada en aquellos paños tan característicos de África. Después comenzó a llorar y fue llevada por un colega. No escuchó a su madre decir que había pensado en abortarla.”

François, de los Médicos Sin Fronteras, me llama la atención con que los 5.700 casos de violencia sexual atendidos son sólo los conocidos por la entidad, son los de mujeres que, de una forma o de otra, acabaron siendo atendidas por algún médico de la ONG y ahora forman parte de las estadísticas.

No se sabe cuantos más existen por ahí.  O porque las mujeres tienen miedo, vergüenza, no saben a quien recurrir, no saben que tienen derechos o simplemente porque viven en áreas de conflicto en que el nivel de seguridad es muy bajo para que los médicos lleguen hasta las aldeas en las profundidades del Congo.

Las mujeres son atacadas, en general, cuando salen a buscar agua o leña en los alrededores de sus casas.

Antes de hablar con François, yo había entrevistado a Jaya Murthy, portavoz de Unicef para  el este del Congo.  Jaya es medio canadiense, medio indio. Mide casi dos metros de altura y está en Goma hace cinco años.

Cuando le pregunto sobre los casos de abuso sexual contra niñas y mujeres, el también menciona algunos números, pero hay una frase que  llama mi atención.

JAYA –  El lado malo de los números es que ellos no muestran la crueldad del estupro, que las mujeres son violadas sucesivamente durante días y por varios hombres al mismo tiempo.  Son violaciones tan graves que muchas necesitan de cirugía de reconstrucción vaginal y anal.

Algunas mujeres víctimas de violencia sexual están siendo preparadas por la Unicef y otras entidades para quebrar el silencio, para denunciar lo que sufrieron, apuntar a los agresores para que otras mujeres se sientan invitadas a no callar.

En Goma hay un hospital especializado en este tipo de tratamiento. Iré allí mañana.

Pero voy con la impresión de que ya voy tarde.”

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